La degradación de los suelos dejó de ser un problema exclusivamente ambiental. También amenaza la producción de alimentos, el acceso al agua, las economías rurales y la estabilidad de millones de personas. Con ese escenario como telón de fondo, representantes de 196 países participan en la COP17 de la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD), que se desarrolla en Ulán Bator, Mongolia, hasta el 28 de agosto.
La discusión central ya no pasa solamente por reconocer el problema, sino por determinar quién aporta los recursos y cómo se financiará la recuperación de las tierras deterioradas.
El dinero, en el centro de la discusión
La restauración de tierras degradadas requiere inversiones de enorme magnitud. Naciones Unidas estima que se necesitan alrededor de US$355.000 millones por año para enfrentar la degradación de tierras y las sequías, mientras que actualmente se movilizan unos US$77.000 millones. La diferencia deja una brecha cercana a US$278.000 millones anuales.
Por eso, la COP17 intenta incorporar con mayor fuerza al sector privado, los bancos de desarrollo y los organismos financieros internacionales.
En las últimas jornadas se presentó incluso una plataforma destinada a conectar proyectos concretos de restauración con potenciales inversores. La intención es que las promesas internacionales puedan transformarse en obras y programas sobre el terreno.
La cuestión financiera adquiere todavía mayor relevancia porque el deterioro de las tierras avanza a una velocidad que dificulta la recuperación. Naciones Unidas calcula que hasta el 40% de la superficie terrestre está afectada por degradación, con consecuencias directas para unos 3.200 millones de personas.
Cuando producir también puede agotar la tierra
Uno de los ejemplos analizados durante la cumbre es el impacto de determinados modelos agrícolas intensivos.
El caso del cultivo industrial de aguacate en México aparece como una muestra de cómo una actividad económicamente rentable puede ejercer una fuerte presión sobre el agua y modificar las condiciones naturales del suelo.
La científica mexicana Alma Vásquez Lule explicó que las raíces del aguacate requieren más agua que la vegetación natural y que, en zonas de producción masiva, el suelo puede perder parte de su capacidad para conservar la humedad.
La discusión, entonces, no apunta únicamente a detener la desertificación, sino también a encontrar una manera de producir alimentos sin destruir las condiciones que permiten seguir produciéndolos.
Restaurar no significa volver atrás el reloj
Los especialistas advierten que recuperar un suelo degradado puede llevar décadas y que, en determinados casos, algunos daños resultan prácticamente irreversibles.
El investigador argentino Esteban Kowaljow, profesor de la Universidad Nacional de Córdoba, sostiene que restaurar un suelo no significa fabricar nuevamente lo que se perdió, sino recuperar determinadas funciones que permiten que el ecosistema vuelva a sostener vida.
Sus investigaciones en la Patagonia estudiaron, entre otras alternativas, el uso de compost para recuperar materia orgánica y actividad microbiana en terrenos afectados por el sobrepastoreo y los incendios.
Los resultados muestran que algunas intervenciones pueden producir mejoras que permanecen durante años, aunque la recuperación de la cobertura vegetal y de otras funciones del suelo requiere procesos mucho más prolongados.
Sequía, agua y migraciones: una crisis que va más allá del ambiente
La COP17 también está abordando la gestión del agua, el pastoreo sostenible, la salud de los suelos, los sistemas alimentarios y las migraciones provocadas por la degradación de las tierras.
Las zonas de pastoreo ocupan más de la mitad de la superficie terrestre, sostienen directamente a unos 500 millones de pastores y producen aproximadamente una sexta parte de los alimentos del planeta. Sin embargo, hasta la mitad de estos territorios están degradados o en riesgo.
La desertificación puede convertirse así en un factor que expulse comunidades enteras de sus territorios. Cuando desaparecen los pastizales, disminuye el agua disponible y cae la productividad agrícola o ganadera, la migración deja de ser una elección y comienza a convertirse en una necesidad.
Las diferencias políticas complican el acuerdo
El desafío ambiental convive con otro problema: las diferencias entre los países sobre hasta dónde debe llegar la cooperación internacional.
La COP17 busca además mejorar la coordinación entre las distintas convenciones de Naciones Unidas vinculadas con clima, biodiversidad y desertificación. Ese objetivo no resulta sencillo y existen diferencias en torno a cuestiones como financiamiento, participación de comunidades indígenas, igualdad de género y mecanismos de cooperación.
La cumbre llega así a sus jornadas decisivas con una pregunta que resume buena parte de la discusión: ¿puede la comunidad internacional pasar de los compromisos a las inversiones concretas antes de que la degradación avance todavía más?
La cuenta regresiva
La COP17 concluirá el 28 de agosto y se espera que los países adopten decisiones destinadas a orientar durante los próximos años la política internacional sobre restauración de tierras y resiliencia frente a las sequías.
Este martes, además, la agenda tiene como eje el agua y la resiliencia frente a las sequías; el miércoles estará dedicado al vínculo entre tierra y comunidades, mientras que el jueves se pondrá el foco en sistemas alimentarios y salud del suelo.
Para Mongolia, anfitrión de la cumbre, el encuentro tiene un significado especial: cerca del 77% de su territorio presenta algún grado de degradación, lo que convierte al país en uno de los escenarios más visibles de una crisis que ya atraviesa continentes.
El suelo tarda siglos en formarse y puede perderse en apenas unos años. Esa diferencia entre el tiempo de la naturaleza y la velocidad de la degradación explica por qué la discusión que se desarrolla en Ulán Bator no es solamente ambiental: está relacionada con el agua que habrá, los alimentos que podrán producirse y las comunidades que podrán permanecer en sus territorios.
Fuente: Raphael Morán